Contrato de Pareja

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A menudo, cuando escuchamos por primera vez esto del Contrato de Pareja suena muy pero que muy extraño. Parece poco romántico, poco espontáneo, … y nos fastidia  la idea de que el Amor es algo que fluye por sí sólo y ya está.

Pero cuando hablamos de “contrato”, estamos hablando de los “pactos” que hacemos. Es un Acuerdo Mútuo entre las dos personas que forman la pareja. Es cómo acordamos compartir, cómo queremos que sean las reglas del juego, las reglas de la convivencia (vivamos o no juntos/as), hijos/as sí-hijos/as no, dónde queremos poner los límites y también el acuerdo sexual (pareja abierta, cerrada, trío, nos lo contamos/no nos lo contamos, grupo poliamor).

Siempre hay Contratos entre las parejas, lo sepan o no. Puede que tengamos un contrato explícito si lo hemos hablado o un contrato implícito si no lo hemos hablado y, símplemente, lo damos por supuesto.

Pero que no se hable de qué pactamos y qué no, no quiere decir que no exista un contrato.

A veces se tiene miedo de que si lo hago explícito, si digo lo que quiero, a la otra persona no le guste y la pareja se rompa. Entonces, si sé que la otra piensa algo distinto de lo que yo querría, me callo y no digo nada para evitar el conflicto. Pero al mismo tiempo tengo la fantasía de que el/la otro/a cambiará más adelante. Con lo cual estamos firmando dos contratos diferentes, tú firmas uno y yo, en secreto, otro. Y quiero presuponer que tú has firmado lo que yo quiero. O si no, que en algún momento cambiará de opinión y las cosas serán diferentes. Este es un peligro de no hacer explícitos los acuerdos, que damos por supuesto lo que en realidad desconocemos.

El principal problema con esto de negociar es básicamente que no sabemos. No nos han enseñado y esto estaría bien aprenderlo de pequeñ@s en la escuela o en casa porque nos evitaría muchos disgustos.

Un contrato implica, en primer lugar, que yo tengo que saber lo que quiero. Y muchas veces no sabemos lo que queremos. O no sabemos que tenemos derecho a querer lo que queremos (atención a las imposiciones ideológicas respecto a esto, a lo políticamente correcto, a veces nos sirve de escusa para no escucharnos y, en última instancia, para no ser felices, para no apoderarme y responsabilizarme de mi vida).
Si lo que yo quiero y lo que mi pareja quiere es irreconciliable puede ser que esta pareja con la que estoy no sea la adecuada.

Cualquier contrato es bueno siempre y cuando sea bueno para las dos personas que contratan y sea consensuado.

Cuando negociamos hay cosas que para mi son Negociables: es decir, en las que soy flexible o puedo ceder sin sentirme mal, y hay cosas que son Innegociables: aquellas cuestiones por las que no paso, que no tolero, que me harían dejar la relación. Lo mismo le pasará a mi pareja, tendrá sus Negociables y sus Innegociables. Cada persona, en función de su historia personal y sus valores, tiene unos Negociables y unos Innegociables.

Esto también cambia en una misma persona a lo largo de su proceso evolutivo. Por ejemplo, Yo no creo las mismas cosas ahora que hace diez años y, probablemente, tampoco que dentro de diez años más.

En segundo lugar, tengo que tener cuidado de no estar haciendo Contratos en Falso: Pacto una cosa y hago otra.

Esto, como es fácil de suponer, no hace más que agravar el conflicto que tratamos de solucionar con el pacto-contrato. Cuando yo quedo en algo contigo que, en realidad, no quiero para mí (porque siento que reduce mi libertad, porque no lo voy a poder sostener emocionalmente, porque quiero hacer lo contrario que tú, porque creo que si te digo lo que realmente quiero pactar tú me dejarías,..,. por lo que sea) y, sin consultarte, hago lo contrario de lo que he pactado, lo que he hecho es una Negociación en Falso. Si mi contrato de pareja está sembrado de negociaciones en falso, cada una de las personas estará pactando algo diferente y esto ltraerá, necesariamente, confusión y sufrimiento a la relación.

Pero si queremos tener una relación respetuosa, de iguales, de crecimiento mútuo, entonces es importante que nos responsabilicemos de los pactos que hacemos. Y si cambio de opinión respecto a algo que pacté contigo, cosa totalmente legítima, puedo responsabilizarme de mi nueva necesidad, respetar tu libertad para decidir si quieres o no compartir conmigo la nueva situación que yo quiero y planteate un nuevo pacto para la relación. Además, durante mi vida y la vida de la pareja, tengo que reescribir el contrato cada cierto tiempo, conmigo mismo/a y con la otra persona.

Si quiero basar mi relación de pareja, de compañeros/as de trabajo, de amigos/as, etc., en el crecimiento mútuo, el respeto y la libertad, hacer pactos lo más claros posibles y respetarlos es una condición fundamental para la salud del vínculo.                                  E. Masó

                                                                                                             par

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